Dentro del mundo griego encontramos una figura
especialmente reveladora para comprender la antigua relación entre sueño,
enfermedad, profecía y transformación de la consciencia: el iatromante (iatromantis).
El término procede de la unión de iatros, “médico”, “sanador” o
“curador”, y mantis, “vidente”, “adivino” o “profeta”. Su traducción
habitual como “médico-adivino” resulta bastante expresiva, aunque probablemente
no alcance a transmitir toda lo que implica tal palabra. El iatromante
pertenece a un mundo en el que sanar va más allá de curar organismo enfermo,
sino también reconocer signos, interpretar acontecimientos, entrar en relación
con las potencias divinas y comprender aquello que permanece oculto para la
percepción ordinaria.
La existencia de esta figura resulta significativa
para una historia del sueño, porque nos sitúa en un momento anterior a la
separación moderna entre medicina, religión, psicología, filosofía y
experiencia visionaria.
La mentalidad contemporánea ha construido disciplinas
especializadas que permiten un conocimiento extraordinariamente preciso, pero
esa especialización también ha producido fronteras conceptuales que no
necesariamente corresponden a las categorías utilizadas por las culturas
antiguas. Para un griego arcaico, la enfermedad podía ser un acontecimiento
corporal y, al mismo tiempo, mítico y religioso; podía exigir tratamiento
físico y también purificación; podía requerir conocimiento de las propiedades
de una planta, pero igualmente comprensión de un sueño o de un signo divino. La
persona capaz de moverse entre estos distintos niveles podía adquirir una
autoridad que hoy distribuiríamos entre el médico, el sacerdote, el psicólogo,
el adivino y el filósofo.
El término iatromantis es particularmente
interesante, pues se asocia a Apolo y Asclepio, es decir, a dos
figuras fundamentales de la tradición griega de la curación y de la revelación.
Esta proximidad semántica revela que la capacidad de curar y la capacidad de
conocer aquello que permanece oculto podían ser concebidas dentro de un mismo
campo espiritual.
Esta antigua sensibilidad ayuda a explicar la
importancia que adquirirían posteriormente los santuarios de Asclepio y las
prácticas de incubación. El enfermo llegaba al santuario, realizaba
determinados ritos preparatorios y pasaba la noche en un espacio especialmente
destinado a la incubación. Allí esperaba recibir mediante el sueño una
indicación divina, una revelación terapéutica o una experiencia vinculada con
Asclepio. El sueño aparecía así como una forma de conocimiento.
Las fuentes antiguas presentan una serie de personajes
extraordinarios que se encuentran en las proximidades conceptuales del
iatromante. Epiménides de Creta, Aristeas de Proconeso, Abaris,
Hermótimo de Clazómenas, Pitágoras y Empédocles aparecen,
con diferencias enormes entre ellos, asociados a experiencias que desafían las
categorías modernas.
Por supuesto, mi intención no es convertirlos en una
categoría homogénea. Las tradiciones relativas a estos personajes fueron
elaboradas durante siglos y mezclan historia, leyenda, hagiografía filosófica y
memoria religiosa. Sin embargo, precisamente esa recurrencia resulta
significativa. Aparece una figura humana capaz de atravesar los límites
ordinarios de la percepción y regresar de ese tránsito con algún tipo de
conocimiento, poder terapéutico o autoridad espiritual.
Epiménides constituye uno de los ejemplos más
fascinantes. Las tradiciones antiguas lo presentan como un cretense dotado de
poderes extraordinarios y relacionado con prácticas de purificación. Una de las
historias más célebres relata que durmió durante un período extraordinariamente
prolongado en una cueva y que, al despertar, regresó transformado. La
historicidad de los detalles resulta difícil de establecer, pero la estructura
simbólica de la narración es extraordinariamente significativa: descender a un lugar oculto, permanecer fuera
del tiempo ordinario y regresar con un conocimiento diferente. Esto
podría relacionarse con lo que serán las posteriores “salamancas” o cuevas de
brujería, lugares donde se entrega una gnosis espiritual específica. Pero, no
deseo alejarme demasiado del tema ahora.
La cueva aparece aquí como mucho más que un espacio
físico. Constituye un modelo de interioridad. Es descenso, oscuridad,
separación del mundo cotidiano y proximidad con aquello que se encuentra bajo
la superficie. El sueño prolongado adquiere entonces una función iniciática.
Esta estructura reaparecerá en múltiples tradiciones.
El iniciado desciende a una cámara subterránea; el chamán atraviesa un estado
de trance; el héroe entra en el inframundo; el místico se retira del mundo
sensible; el enfermo duerme en el santuario esperando la aparición del dios.
Son configuraciones distintas, pero todas giran alrededor de una misma
intuición antropológica: para obtener
determinado conocimiento es necesario suspender temporalmente la relación
ordinaria con el mundo.
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